¿Cuáles serán las profesiones del futuro?

Las evidencias muestran que la fusión educación y trabajo para un mundo interconectado y con estructuras virtuales será una de las transiciones más rápidas que la humanidad haya experimentado, y para la cual pocas personas están preparadas.

En el marco de las discusiones sobre la formación en Ingeniería y los retos de la integración con los sectores productivos, la Comisión de Formación e Integración en Ingeniería de ACIEM viene analizando los aspectos más relevantes para la formación futura de profesionales en el campo de la Ingeniería.

Un referente interesante para este análisis lo encontramos en la declaración de los Objetivos de Desarrollo Sostenible de la Organización de Naciones Unidas (ONU), en la cual se señalan algunos objetivos para el desarrollo humano y del planeta. Resulta interesante ver cómo, al menos 14 de los 17 objetivos planteados tienen relación con el trabajo de la Ingeniería en sus diversas especialidades.

Todos los puntos mantienen una clara relación con el empleo de los recursos naturales y su transformación para proveer mejores condiciones de vida para todos, los cuales han sido y serán los principales motores de la Ingeniería durante su historia.

Si esta es la apuesta planteada por la ONU para el año 2030, ¿cuál deberá ser el papel de la formación de Ingenieros y profesionales en campos de la Ingeniería para aportar al cumplimiento de estos objetivos declarados, que además Colombia también ha suscrito?

El papel de la investigación en Ciencia y Tecnología en los que pudiesen ser los campos de mayor impacto global para los próximos años tienen la doble necesidad de responder a los adelantos mismos de la ciencia y la técnica desde la generación de nuevo conocimiento, nuevos métodos e instrumentos.

El trabajo de investigación obliga a contar con una mirada interdisciplinaria que permita observar las problemáticas y el diseño de sus soluciones basadas en nuevos desarrollos científicos o tecnológicos, pero que indiscutiblemente tendrán que ser innovadores.

Sin embargo, es fundamental no perder de vista que la formación científica y profesional parte de etapas muy tempranas, pues antes de educarse en una técnica, en una profesión o en una disciplina es necesario reconocerse padre y maestro para poder transmitir a través de la vida cotidiana los valores y principios que luego serán parte integral del estadista, científico, filósofo, Ingeniero, biólogo o abogado.

Las profesiones del futuro

Para comenzar a determinar sobre cuáles han de ser las profesiones del futuro, se puede iniciar considerando que, dentro de la dinámica mundial de desarrollos tecnológicos, empresariales y económicos, en un marco de encuentros y desencuentros culturales, es fundamental proponer y direccionar alternativas educativas que, orientadas por las necesidades sociales actuales, permitan interpretar las nuevas fuentes de trabajo y en cuya perspectiva se cuente con el concurso y rol de diferentes actores.

Las evidencias muestran que la fusión educación y trabajo para un mundo interconectado y con estructuras virtuales será una de las transiciones más rápidas que la humanidad haya experimentado, y para la cual pocas personas están preparadas.

Si consideramos que de las carreras profesionales conocidas hasta hoy, la demanda laboral exige nuevas habilidades centradas en temas de gran movilidad de conocimiento, los programas deben servir básicamente para desarrollar habilidades y competencias para la solución de problemas; fomentar la creatividad y la innovación; tomar conciencia respecto a la sustentabilidad ambiental; fortalecer el compromiso ético y leal con las empresas; desarrollar comunicación asertiva escrita y oral multilingüe e incentivar el trabajo interdisciplinario y en equipo ético y leal con las empresas; desarrollar comunicación asertiva escrita y oral multilingüe e incentivar el trabajo interdisciplinario y en equipo.

Esta hibridación de conocimientos se puede convertir en un terreno fértil para promover una actualización curricular que, alejada de los parámetros de formación educativa tradicional, promueva el desarrollo de ecosistemas de aprendizaje permanente y un esquema de referentes pedagógicos orientados a un cambio de paradigma educativo, el cual proporcione elementos para la nueva orientación profesional.

El rol creciente y determinante de la nuevas Tecnologías de la Información y la Comunicación ha permitido realizar ajustes transversales que requieren una mirada diferente de la universidad, la cual asegure un sincronismo con el mercado donde operará el futuro profesional y la generación de un interés colectivo de bienestar social y ambiental.

La educación sobre nuevas profesiones se confundirá muchas veces con el trabajo, lo que cambiará el paradigma existente hasta ahora, donde había una edad para estudiar y otra para trabajar. Para el futuro, las barreras entre el trabajo y el estudio se habrán difuminado.

Por lo anterior, es preciso configurar un sistema para que los estudiantes naveguen por las vías del aprendizaje justo a tiempo, en donde la experiencia no siga los modelos de aprendizaje lineal o insular de dos o cuatro años, sino que por el contrario estimule un aprendizaje interactivo que permita a los estudiantes regresar y reciclarse para el futuro, bajo la premisa de desaprender y reaprender.

El aprendizaje basado en proyectos o en problemas mejorará sus fundamentos científicos con la generación de procesos en los que los estudiantes no son receptores pasivos de conocimiento y la integralidad se evidenciará en la contribución a la mejora de la vida social: donde se ofrezcan oportunidades a más personas en el mundo para una vida mejor en el marco de una perspectiva global y no solo local o nacional.

Todo lo anterior tiene sentido si formamos a nuestras nuevas generaciones dentro del principio de ser padres y maestros desde su infancia. Cuando se adquiere el hábito de indagar sobre el entorno y el porqué de las cosas se van encontrando respuestas o creando más interrogantes; resulta entonces mucho más fácil y enriquecedor para el país formar personas con espíritu crítico, inquisitivo, escudriñador, capaces de participar en procesos de creación de nuevos conocimientos, que puedan entonces convertirse en técnicos, profesionales o investigadores de cualquiera de las áreas de ciencia y tecnología o en estadistas que con criterio, principios y valores dirijan con mayor acierto los rumbos de nuestra nación1.

Un bello ejemplo sobre padres y maestros en la ciencia lo dio Richard P. Feynman, Premio Nobel de Física en 1965, en su conferencia a la Asociación Nacional de Profesores de Ciencias de los Estados Unidos sobre el tema ¿qué es la ciencia?: “Les contaré como aprendílo que es la ciencia. Es un poco infantil, pues lo aprendísiendo niño y ha estado en mi sangre desde muy temprano.Lo debo a mi padre”.

La Ingeniería frente a las futuras profesiones para la Ingeniería el avance tecnológico es una ventajaconsiderable, pues le permite acometer más y mayoresdesafíos, ya que con la velocidad, versatilidad y capacidadde procesamiento de datos, es posible lograrresultados mucho más pronto.

Así, el Ingeniero moderno se enfrenta a la necesidad de actualizarse permanentemente en el uso de las nuevas herramientas que el mercado pone a su disposición. Sin embargo, hay un aspecto que se ha venido desvaneciendo en este frenesí. Los problemas a resolver son otros, las poblaciones son otras, las necesidades son otras.

Es necesario reflexionar entonces sobre el verdadero perfil del Ingeniero del futuro, aquel que ingresa hoy a los claustros y que iniciará su ejercicio productivo dentro de ocho o diez años, para enfrentarse a problemas que aún no han sido planteados, usando herramientas que aún no han sido desarrolladas, sin haberse visto expuesto al ejercicio de identificar y correlacionar variables para definir y delimitar los problemas que debe resolver. El afán del ‘hacer Ingeniería’ ha superado con creces a la vocación de ‘ser Ingeniero’.

Tal vez es el momento de reflexionar serenamente sobre el papel de la academia en este proceso. Esta es la motivación para convocar, por parte de ACIEM, a unas jornadas de reflexión a finales del año 2018, sobre “El Ingeniero del Futuro”, en las cuales todos los actores tengan la oportunidad de expresarse para poder proponer una ruta de acción a la academia, las sociedades profesionales, el Estado y la población profesional y buscar una redefinición de la profesión que verdaderamente sirva a los más altos intereses de la nación. Y en ello, la investigación en Ciencia, Tecnología e Innovación (CTeI) será fundamental.

 

 

Resiliencia ética: el valor integral de la Ingeniería

 
Implementar actividades Ingenieriles a través de la imaginación, pensando en el beneficio social y conectado con principios universales, permitirá que la capacidad de actuar responsablemente vuelva a su lugar asociado a una reflexión desde la ética.

Desde los albores del presente milenio, la Ingeniería a nivel mundial está siendo cuestionada por los contrastes de su evolución, un tanto desequilibrados, en su compromiso social. Lo anterior ha conducido a que, desde la Comisión de Ética de la Asociación Colombiana de Ingenieros, ACIEM, se insista en buscar la manera de encontrar modelos y acciones tendientes a estimular en los actores actitudes reflexivas innovadoras que devuelvan a la ética, en su manifestación aporética1, el valor conducente con el otro y fomentar la interiorización de un ingrediente catalizador: la responsabilidad.

Reconocer que Colombia atraviesa por una situación de incertidumbre, con muchos interrogantes, donde la ética es la variable más golpeada, exige una posición de reflexión y un plan de mejoramiento y recuperación que debe ser atendido por diferentes actores pero, en especial, por todos aquellos profesionales que se hallan inmersos en labores que impliquen riesgo social, como es el caso de los Ingenieros.

Lo anterior exige que desde la Ingeniería se comprenda que la resiliencia2 también aparece en la formación humana. Desde esta perspectiva, ACIEM con su comisión de Ética, quiere aportar elementos orientadores para la reconstrucción ética y el renacimiento de principios que contribuyan al desarrollo del país.

Comenzar por descubrir cuál es la visión de las nuevas generaciones frente a la Ingeniería y desde allí verificar cuál ha sido la posición de los Ingenieros respecto a la ética en su formación profesional, puede orientar una discusión a partir de la cual se puede volver al equilibrio científico-humanístico; en palabras de Forés & Grané (2012), es generar la esperanza de volver a construir dichos círculos virtuosos mediante las expectativas positivas.

En ese sentido, surge la resiliencia como la habilidad de saber construirse en cada ocasión; un entorno efectivamente seguro desde donde explorar el mundo (Forés & Grané, 2012, pág. 10). Hoy, pareciera que luego de observarse las evidencias sobre transformaciones y los avances en la ciencia y la tecnología, en donde se ha necesitado conocimiento y criterio profesional, se quisiera continuar dando paso a los supuestos conceptuales tradicionales del siglo XVIII, con los que se definió la actividad Ingenieril, en donde la ética comenzaba a dar una transformación de la perspectiva teocéntrica a la antropocéntrica.

Al revisar documentos orientadores de la formación académica, aún aparecen en el horizonte teleológico presupuestos orientadores concentrados en dar buen uso y transformación a los elementos de la naturaleza; es decir, persistía un desprendimiento de los intereses con los demás seres vivos.

Buscar el equilibrio con una razón más humana y con nuevas expresiones que incorporen el ingenium3en el diseño conceptual y los procesos alternativos que inviten a levantarse a pesar de las desilusiones sobre el buen obrar genera una propuesta de volver a la búsqueda del bien, permitiéndole a la balanza mantener sus puntos de equilibrio a través de una reflexión ética y moral consensuada. Por lo anterior, marginar los valores morales a unos códigos descontextualizados conduce en Ingeniería a crear los vacíos éticos.

Dos términos dan antesala a esta reflexión: la resiliencia y la ética, ambos conceptos a pesar de haber sido definidos para la sociedad y la Ingeniería, nos ponen ante un nuevo paradigma, donde desde la incertidumbre se hace un llamado a la Ingeniería, en particular a permitir una reconstrucción de los principios que le den la nueva esencia a la profesión.

Resiliencia

El concepto de resiliencia viene del latín resilio, que significa volver atrás, volver a su estado, rebotar; debe tenerse en cuenta que la resiliencia no puede ser pensada como un atributo innato, pues se ha dicho anteriormente que puede usarse en personas y materiales; sin embargo, se trata de un proceso que combinando factores permite desarrollar una competencia que luego se convertirá en habilidad de vida para enfrentar adecuadamente las dificultades.

En el imperativo de la resiliencia (Zolly & Ann, 2012), se aclara que esta no equivale a la recuperación de un sistema a su estado inicial, pues hay líneas de base que no tienen una justa recuperación.

En la Ingeniería, el término fue interpretado como la capacidad que tienen los materiales y los cuerpos de recobrar su forma original después de estar sometido a presiones o tensiones deformadoras, análisis de ello han sido los trabajos en Ingeniería Civil, Mecánica y de materiales, donde se habla que algunos cuerpos tienen la capacidad de volver a su estado inicial sin perder sus propiedades, como en el caso de los resortes.

Para Evans & Reid (2016), la habilidad de un sistema y las partes que lo componen de anticipar de manera oportuna y eficiente los efectos de un acontecimiento y recuperarse de ellos es entender que la resiliencia es esencial en la nueva ética de la responsabilidad.

La ética

En palabras de Droit (2010), la ética es, ante todo, el conjunto de reflexiones derivadas de dos preguntas fundamentales: ¿qué debo hacer? y ¿cómo debo actuar? Esta palabra proviene del griego ethos, que significa hábitos, costumbres, modo de ser, carácter y está soportada desde los comportamientos, conductas y acciones voluntarias o no de la persona; por ello, la búsqueda está orientada a garantizar la justicia y lo correcto.

Ética e Ingeniería

Entendiendo que la Ingeniería no puede desarrollarse sin tomar en cuenta su correlación con los principios de la ética, pues los profesionales, como personas, son seres sociales que participan con grupos humanos y su área de conocimiento es considerada de riesgo social, la ética ejerce un papel regulador entre las personas y sus acciones.

Si bien es cierto que la Ingeniería como la sociedad comienzan a presentar estados de metamorfosis, hoy no todas las personas perciben dichos cambios, la sociedad pasa de estados sólidos a líquidos y dentro de estos cambios se debe identificar en qué casos hay resiliencia.

Para los primeros estados, los sólidos, se considera que ya todo ha estado definido, hay una cierta seguridad de principios para la sociedad: es el caso de estructuras duraderas que hoy se transforman en estructuras móviles.

De esta manera, los Ingenieros colombianos debemos entender que la resiliencia ética se da con el concurso de todos y con la convicción de que muchas estructuras se pueden recuperar sin perder su esencia; aún se puede conseguir volver y dar forma a los principios rectores que nos orienten en las acciones y nos lleven a reflexionar sobre el valor de desarrollar labores en el marco de la transparencia, la justicia y la responsabilidad dando la forma a las estructuras de una vida íntegra e integral.

En la metamorfosis de lo sólido a lo líquido, la resiliencia ética para los Ingenieros suele considerar algunas certezas, aunque ya no tan rígidas, pero que pueden apreciarse y medirse para tomar acciones de control, tal es el caso de la forma, el volumen y la visibilidad de cada uno de sus elementos que, para el caso de los principios restauradores, serán los presupuestos sobre los cuales se debe actuar buscando la forma en que los valores vuelvan a tener el sentido en la búsqueda del equilibrio con la responsabilidad para lograr el compromiso con la integralidad.

70 años de las Ingenierías Eléctrica y Mecánica en Colombia

En 1948 se dio una conjunción histórica en el campo de la Ingeniería. En tres ciudades diferentes se fundaron los primeros programas de Ingeniería Eléctrica y Mecánica en nuestro país, cada uno con características propias y como respuesta a intereses que podrían llamarse regionales, pero que en su conjunto, transformaron la forma de ver y entender la Ingeniería en Colombia.

Los años de la posguerra habían cambiado el entorno económico, tecnológico y científico del mundo y, por ende, nuestra propia realidad. La caída de los precios de nuestro principal reglón de exportaciones y la necesidad de sustituir la importación de múltiples productos que escaseaban en el mercado internacional, entre otros factores, impulsaron la creación de una industria para la cual no solo se necesitaba capital, sino recurso humano.

Recorriendo cronológicamente la creación de estos nuevos programas, su aparición en Bucaramanga, Bogotá y Cali tuvo lugar a lo largo del año 1948.

El 1 marzo de 1947, en Bucaramanga, se fundó la Universidad Industrial de Santander (UIS) cuyo objetivo, según consta en el artículo 3 del Decreto de fundación fue: “la enseñanza técnica profesional en las ramas de Ingeniería Industrial, acordes con las necesidades del país y las exigencias y conquistas de la industria nacional1”.

La UIS inició con la Facultad de Ingeniería Industrial, centrada en los programas de Mecánica, Eléctrica y Química, los cuales estuvieron fuertemente influenciados por escuelas europeas y recogieron no solo la tradición tecnológica de Santander, sino las directrices de sus primeros profesores y directivos.

En el caso particular de Ingeniería Eléctrica, sus primeros programas fueron diseñados por el Ingeniero Hernando Pardo Ordóñez2, quien inicialmente, al ser invitado a colaborar en la conformación de la futura universidad, sugirió el pensum que cursó durante sus estudios en Charleroi, Bélgica, y que posteriormente puso en práctica, cuando fue nombrado como primer Decano de Ingeniería Eléctrica en 1947.

En Bogotá, el 16 de noviembre de 1948, se fundó la Universidad de los Andes, una institución que rompió los esquemas tradicionales de las universidades existentes, y que alejada de credos confesionales o políticos, se trazó como objetivo la formación de profesionales que “(...) pudieran liderar la construcción de la infraestructura nacional e incorporar formalmente los modernos enfoques de la economía a manejo del estado y de la iniciativa privada”3. Las primeras carreras fueron Arquitectura, Economía e Ingeniería y dentro de esta, las disciplinas de Ingeniería Eléctrica e Ingeniería Mecánica.

Siguiendo la orientación de sus fundadores, formados profesionalmente en escuelas norteamericanas, su estructura inicial fue la de un college, en la cual los alumnos realizaban los primeros años básicos de fundamentación en Bogotá, para luego terminar sus estudios en universidades estadounidenses, tales como Illinois, Texas, Notre Dame y MIT.

En el caso de Cali, con una industria enmarcada en las condiciones de la posguerra, donde “(…) el panorama económico no se mostraba desfavorable, algunos dirigentes vallecaucanos, conscientes de que no bastaba con ampliar las tierras cultivadas, y de que no era conveniente manejar una nueva economía únicamente con los instrumentos que tenían a su alcance, descubrieron que necesitaban toda una infraestructura material, técnica y humana para materializar sus sueños”4.

Si bien, la Universidad Industrial del Valle del Cauca había sido fundada en 1945 como un centro de estudios superiores que comprendía “(...) estudios profesionales y licenciatura en química, farmacia, veterinaria, agronomía, comercio, mecánica, electricidad y enfermería”5, fue hasta diciembre de 1947, cuando se aprobó la creación de la Facultad de Ingeniería Eléctrica, la cual entró en operación un año más tarde.

Este programa tuvo que sortear múltiples dificultades y en 1953 la Universidad tomó la decisión de unirlo con el de Ingeniería Mecánica para crear una oferta más atractiva a los intereses de la industria local: el pregrado de Ingeniería Electromecánica6, el cual tendría una duración de 6 años, uno más que cualquiera de los programas originales.

Dadas las dificultades de contar con los laboratorios adecuados, la Universidad del Valle estableció un convenio con el Instituto Tecnológico de Monterrey, México, para que sus estudiantes, después de cursar 4 años básicos en Cali, terminaran sus estudios en ese país.

La primera promoción de Ingenieros Electromecánicos del país se graduó en 1959. Posteriormente, en 1963 se realizó una reforma académica y se regresó a los programas de cinco años de Ingeniería Eléctrica e Ingeniería Mecánica.

Esta confluencia de eventos cambió de manera radical el modelo de Ingenieros civiles y militares imperante hasta el momento en nuestro país, producto de la escuela francesa y abrió el abanico de especialidades y, por tanto, generó no solo un campo más amplio al ejercicio profesional, sino un nuevo modelo de educación de los Ingenieros colombianos.

1 Armando & Cote de Sierra Gómez Ortiz, Claudia Patricia, Gestación y Fundación de la Universidad Industrial
de Santander (Bucaramanga, 1996).
2 Hernando Pardo Ordoñez, in Antonio Garcia Rozo, ed., (Bucaramanga, 2007).
3 Los primeros diez años de la Universidad de los Andes, Daniel Arango, testimonio de Álvaro Salgado Farías pág. 160
4 Agosto 2014, Historia y espacio Universidad del Valle especial de los 60 años http://historiayespacio.univalle.edu.co/
5 Agosto 2014, Historia y espacio Universidad del Valle especial de los 60 años http://historiayespacio.univalle.edu.co/
6 http://eiee.univalle.edu.co/resena-historica-egresados

Comunidades, claves para proyectos de energías limpias

 

En entrevista con ACIEM, José Eddy Torres, director del Programa de Energía Limpia para Colombia 2012–2017, resaltó los potenciales del país para la inversión en Fuentes no Convencionales de Energía y los retos que persisten a nivel institucional y de reglamentación.

El Programa de Energía Limpia para Colombia 2012–2017, liderado por la Agencia de los Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID, por su sigla en inglés) consiguió, en cinco años, que las energías renovables y la eficiencia energética se convirtieran en parte de la agenda pública del país, llevando nuevas tecnologías a Zonas No-Interconectadas alrededor de la geografía nacional.

Cuando inició el programa, en 2012, el reto no era menor: invertir en eficiencia energética y lograr una integración con Fuentes no Convencionales de Energía (Fncer), como se conoce en el país a pequeñas centrales hidroeléctricas menores a 10 Mw y al resto de recursos renovables alternativos.

Cinco años más tarde, con una inversión de casi 20 millones de dólares, el Programa logró impactar a 23.588 personas en todo el territorio nacional y vincular a casi 200 organizaciones entre empresas, comunidades, sector cooperativo y entidades públicas y académicas, quienes contribuyeron a la reducción de 103.911 toneladas métricas de Gases de Efecto Invernadero (GEI) durante su vigencia.

ACIEM: ¿Cuáles fueron los resultados más notables del programa de Energía Limpia para Colombia 2012 – 2017?

José Torres: Logramos desarrollar más de 200 proyectosy actividades de impulso a las energías renovablesy eficiencia energética desde tres frentede acción: el primero, que denominamos creaciónde clima, consistió en el desarrollo de condicionespara que la eficiencia energética y las energías renovablesse volvieran un lugar común, un accionar normal de la economía y de la sociedad colombiana, a través de los planes de energización social.

El segundo frente fue la energización rural con energías alternativas en Zonas No-Interconectadas, aplicaciones de las energías renovables tanto en micro centrales como en sistemas solares para propósitos no solo de confort o uso residencial, sino en gran medida para resolver problemas de infraestructura educativa, de salud y productiva, en 75 municipios de 28 departamentos.

ACIEM: ¿Cuáles fueron las mayores dificultades para llevar energía limpia a las comunidades apartadas y no conectadas?

José Torres: En primer lugar, existe una falta de conocimiento y credibilidad en las tecnologías; sin embargo, la mayor dificultad quizás fue la visión estatal y asistencialista de nuestros socios en los proyectos, los cuales fueron articulados con otras entidades. Debimos trabajar el tejido social, organizar a la comunidad para poder apropiarse no solamente de la tecnología, sino de las posibilidades productivas y de administración de los sistemas para darle continuidad y mantenimiento, y que sean ellas mismas las encargadas de gestionar y realizar la reposición de una batería, por ejemplo.

ACIEM: Es decir, ¿se entrenaban a las personas de las comunidades para poder prestar soporte a las mismas plantas?

José Torres: Claro, esto formaba parte del plan. Por ejemplo, a nivel educativo, solo en Antioquia, realizamos 15 instalaciones solares en escuelas indígenas, a las cuales se puede tardar uno o dos días en llegar, al igual que en la alta Guajira y en la Serranía la Macuira, lugares donde la refrigeración es fundamental. Igualmente, en muchos sitios cuentan con computadores pero no con electricidad, así que ese fue otro de nuestros objetivos.

ACIEM: Usted ha resaltado la importancia del trabajo con las comunidades, pero desde los medios de comunicación, en algunas ocasiones, se les presenta como un obstáculo para el desarrollo de proyectos en zonas apartadas del país, ¿cuál es la clave realmente?

José Torres: Existe el mito de que las comunidades dificultan proyectos de inversión que no son para ellas. Desde mi experiencia, no solo en el campo rural sino también en el de manejo de recursos naturales y forestales, nunca he encontrado el menor obstáculo.

En algunas ocasiones, lo que sí encontramos es falta de cohesión interna y es ahí donde el proyecto, muy posiblemente, no funcione.

ACIEM: ¿Qué pasa con las licencias ambientales?

José Torres: Solo en consultas previas el trámite puede durar de tres a cinco meses; sin embargo, en zonas muy remotas puede tardar hasta un año, puesto que se tiene un tiempo restringido y se deben reprogramar visitas hasta seis meses después.

En término de permisos ambientales, la mayoría de ocasiones trabajábamos con las corporaciones regionales; sin embargo, cuando los proyectos se ejecutaban en algún parque nacional, encontrábamos mayores dificultadas en la Autoridad Nacional de Licencias Ambientales (Anla) y en la obligatoriedad de la aplicación del Reglamento Técnico de Instalaciones Eléctricas (RETIE), el cual estipula, por ejemplo, que la tubería debe estar empotrada en la pared, pero cuando estoy en un rancho sin paredes ¿cómo hago? Es muy difícil aplicar las normas citadinas de licenciamiento ambiental.

Un ejemplo más: en una comunidad progresista del cordón ambiental de la Sierra Nevada de Santa Marta, adquirieron un taller de carpintería, para lo cual necesitaban una microcentral hidroeléctrica. Nosotros diseñamos una de 8 kilovatios con una línea de 800 metros para poder operar una sierra y un trapiche panelero. No obstante, para tramitar la licencia ambiental se debía cumplir una metodología de licencias ambientales para grandes centrales hidroeléctricas, de 100 megavatios, y eso incluía estudios sísmicos, arqueológicos, e incluso, ictiológicos, además de un seguimiento de prácticamente un año que sí estaba justificado para un proyecto de tal envergadura, pero no para este.

Finalmente, nos tuvimos que retirar de ahí y dejarle a la comunidad toda la documentación, los planos y los cálculos. No podíamos hacer más; peleamos tres años ese proyecto.

ACIEM: ¿La reglamentación actual no es adaptativa y obstaculiza el desarrollo en algunas zonas apartadas del país?

José Torres: Sí, la reglamentación es muy rígida y en Colombia todos tienen miedo a las investigaciones, lo que hace que desde las instituciones se dificulten los procesos. A esto se suma el miedo a que sean las comunidades las que se responsabilicen de los proyectos y no una empresa con una concesión.

ACIEM: ¿Qué metodologías emplearon para determinar las regiones o departamentos con las condiciones apropiadas para llevar soluciones fotovoltaicas?

José Torres: El 100% del territorio colombiano es apto para la energía solar, no hay un rincón donde no se puedan montar paneles solares. Por ejemplo, en materia de soluciones hospitalarias, junto con el programa Plan Fronteras para la Prosperidad, que lidera la Cancillería, ayudamos con el diseño técnico de soluciones eléctricas para que se pudieran emplear algunos equipos mínimos de refrigeración, fundamentales en centros de salud en estos rincones del país.

ACIEM: ¿Cuál fue el porcentaje de participación de la Ingeniería nacional en el desarrollo del proyecto?

José Torres: El 98% del trabajo lo hicieron colombianos. Adicionalmente, tuvimos participación de técnicos extranjeros en algunos estudios especializados, como en una consultoría para ayudar a la Comisión Reguladora de Energía y Gas – CREG a diseñar la Resolución 004, en la que hicimos un mapa de recursos y costos nivelados de energía con un modelo que, incluso, no se puede correr en los computadores nacionales.

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